Este verano Sari y yo decidimos que en vez de disfrutar todas las vacaciones todos a la vez debíamos pensar en disfrutarlas por separado para que Norah pudiera estar más tiempo fuera de Madrid y sin sufrir en insoportable calor que aquí hace entre Julio y Agosto (Norah con calor duerme especialmente mal, despertándose cada 2x3 y dando patadas a quien pille). Por lo que, como el viaje a Finlandia es compulsorio, ambos elegimos esas dos semanas para disfrutarlas en común y una más por separada cada uno para que Norah pudiera ir a la playa y a la montaña... como aquel viejo anuncio de cera para depilar :D ... y otra semana más que ya se disfrutaría fuera de la época estival.
Además la Abuela Eugenia había elegido dos de sus semanas de vacaciones coincidiendo con la mía para que así yo pudiera llevar a Norah al Pueblo (además coincidiendo con las fiestas) y, si las cosas iban bien, dejarla una semana más allí sola con ellos.
Durante la semana en el Pueblo, la verdad es que la cosa fue muy bien. La enana no tuvo ninguna rabieta gorda. Se acostumbro bastante rápido a la cama nueva, a dormir sólo con Papá, a los juguetes que allí tiene como suyos de otras veces y a salir al campo a correr de un lado a otro. Durante el tiempo que estuvimos allí no pidió nada ver la tele ni la pantalla del móvil, más que alguna ocasión después de que yo le hiciera alguna foto.
Lo que si tenía bastante era bastante "Papitis". Y es que siempre que tenía algún problema "su Papá" tenía que estar cerca. Que se caía al suelo y lloraba, pues Papá tenía que ir a recogerla. Que durante la cena quería un yogurt, pues Papá era quien tenía que dárselo. Que venía alguna visita a casa de gente que no conocía, pues Papá tenía que cogerla en brazos para que se sintiera segura. Que tocaba irse a la cama a dormir, Papá tenía que leerle el cuento.
Tanto Papá, Papá, Papá... que al final Papá llegó a pensar que Norah no podría sentirse bien si éste no estaba.
Pues llegó el último día, el día en que Papá tenia que irse a Madrid a trabajar y dejar a Norah por primera vez sola con los abuelos durante una semana. Las Papitis no había ayudado precisamente a tomar la decisión de dejarla allí... más bien fueron las circunstancias en las que presuntamente se iba a desarrollar la semana en Madrid, con Papá fuera allí por viaje por trabajo, Mamá trabajando como siempre hasta arriba y un calor insoportable en casa que haría imposible conciliar el sueño por la noche.
Así que así fue. Allí tendría que quedarse. A los cuidados de los abuelos, con quien se lleva especialmente bien, pero sin la presencia de Papá o Mamá por si algo pasaba. La primera vez que dormía fuera de casa. La primera vez que se separa de los dos, de Papá y de Mamá. Bueno, en realidad de los dos se separa todos los días a las 9 am, cuando la dejamos en la Guardería. Pero no era lo mismo... será por la distancia... será por el tiempo. No era lo mismo.
Sari le había comentado a algún compañero la situación: que la niña pasara una semana sola con los abuelos en el pueblo. Y todos coincidía que sería egoísta impedir que ella no disfrutara de esa semana solo por una paranoia nuestra, que si la relación con los abuelos es buena y las condiciones en la que iba a estar la niña no tenían nada de malo, no había razón por la que debiera volver. Y así era. Pero algo había que no dejaba que me separara de ella. Algo irracional me decía que algo malo pasaría si la dejaba allí sola.
A Norah ya le dije el día anterior que Papá se volvía a Madrid a trabajar... y ya lo había interiorizado porque cuando le preguntábamos decía: "Mamá, tabajar. Papá, tabajar. Y yo Elo (Pueblo) con Elos (Abuelos)". Justo antes de salir se puso tontorrona con que no quería ponerse unos pantalones y quería estar solo con el pañal. Después de insistir varias veces, ella se lo tomaba a broma y no me dejaba terminar. Así que le dije que me tenía que ir a Madrid, y mientras decía un inhibido "Nooo Papá" el gesto de la cara se le cambió de repente. Pasó de ser una niña de dos años jugando a hacer de rabiar a un adulto, a ser una niña mayor que comprendía exactamente lo que iba a pasar... que su Papá ya no iba a estar ahí cuando ella lo llamara. Así que accedió a ponerse el pantalón y me acompaño a fuera de la mano, esta vez muy formal y obediente. En la puerta de casa, con el coche ya arrancado me puse de cuclillas delante de ella y le dije que me tenía que ir. El gesto que hizo no lo olvidaré jamás: me miró a los ojos y bajó la vista triste al suelo como si le hubieran confirmado lo que ya se estaba imaginando y puso su cabeza sobre mi hombro mientras me daba un abrazo... pero no un abrazo de "buenos días" o de "recogida de la guardería"... era un abrazo largo y triste de "se lo que está pasado y que no se puede solucionar". Y así, formal y seria, no dejaba de mirarme mientras me metía en el coche y me decía adiós con la mano.
Mientras conducía no podía dejar de pensar en el gesto tan adulto que acababa de hacer aquella figura de 2 años y 5 meses. Aquella tristeza contenida mientras era consciente de la situación. Fue a la altura del Puente Nuevo, a 1 kilómetro del pueblo, cuando no pude más y rompí a llorar... 1 kilómetro de cordón umbilical que acababa de romperse para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario